Perdí mi celular, apareció mi celular

 

desahogos

Hace varios jueves pasados perdí mi celular. Primero pensé que lo había dejado olvidado en el taxi, pero en realidad lo había dejado tirado en la calle.

Generalmente, cuando abordo un taxi, siempre resulto casaqueando con el piloto, ahí sí que tipo la canción de Arjona, bien hace uno verdaderas “Historias de taxi” de tanta cosa que cuentan.

Llegué a mi casa y luego de salir del baño, porque ya no aguantaba, me di cuenta que no tenía mi teléfono.

Debo decir que la semana pasada fue de darme cuenta de muchas cosas, pero específicamente ese día, aparte de haber sido una mierda, también fue de un cambio de actitud y mentalidad.

Mi mujer me hizo la campaña de bloquear mi teléfono, no sin antes haberme dado la puteada de costumbre y recordarme lo mula que soy (o descuidado, aún estoy pensando en su intención). Mi idea original era ir a buscar al taxista al otro día, porque me subí en los Próceres, entonces pensé que el pisado iba a estar ahí o que ese es su lugar de parqueo.

Pero mientras llegaba el otro día y tomando en cuenta que me sentía bien jodido de la garganta y tos, preferí ver la película “Judas” con mi suegra y mi guiro. Haciendo un paréntesis, esta película es guatemalteca, producida por Rafael Lanuza y protagonizada por su hermano Claudio, ya fallecidos ambos.

Al menos estaba tranquilo porque el teléfono estaba bloqueado, no hice el intento ni siquiera de cambiar contraseñas ni nada. Luego de cenar y casi a punto de ir a dormir con aquellos, cuando tocan la puerta.

Era una vecina que me llegó a dejar mi teléfono. Sí, por increíble que parezca, me dio mi teléfono sin un rasguño, intacto, tal como lo había dejado en el sillón del taxi (según yo). Me quedé estupefacto, pero sobre todo porque lo primero que pensé fue: “¿Por qué no se lo quedó?”.

No es que haya dudado de la honestidad y honradez de mi vecina, en todo caso, su acto de devolución del teléfono me lo demostró. Pero de inmediato me puse a pensar en todas las posibilidades o los fines que hubiese tenido mi celular.

Generalmente en la esquina de mi casa, siempre hay un montón de patojos jugando pelota y fijo hubiesen visto el teléfono. No sé si me hubieran alertado o se lo hubieran hueviado, jaja uno nunca sabe.

Por otra parte, hubiese pasado cualquier otra persona, incluso un chucho, de tantos pisados callejeros que hay por allá. Pero bueno, pasó mi vecina y ella lo tomó.

Se me olvidó contar que el teléfono no tenía batería. Así que con esta premisa, mi vecina primero lo puso a cargar y luego lo encendió. Fue bien honesta y me dijo que su idea era quedarselo; claro, yo hubiese hecho lo mismo si no hallo ningún dato que de con su dueño, pero precisamente fue una foto de Juan Andrés, mi hijo, la que le hizo saber que el teléfono pertenecía a mi familia.

Así es muchá que, escribí este post para contarles, con mucha alegría, que me da mucho gusto que aún haya gente honrada. Además, tomé aquella experiencia de perder mi teléfono de lo más tranquilo, incluso después me felicité yo mismo, porque en otras circunstancias posiblemente hubiese hecho un gran vergueo, me hubiera emputado y así, pero no. Lo tomé con calma, al final, es un aparato de plástico esa vaina. No es un iPhone obviamente, es Samsung.

Por otra parte, con este post quiero retomar – por enésima vez – nuevamente este blog. Así que ya sea con las cotidianas muladas y estupideces que escribo, o sencillamente con una anécdota más, les doy la bienvenida. Pilas!